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EL ABRAZO  DE MAROTO

Últimamente están apareciendo algunos escritos justificando la actuación de Maroto, queriendo hacerle  “bueno”; todos intentamos justificar nuestros actos; él también lo intentó, pero no le valió, y para la posteridad quedó el dicho: “más traidor que Maroto”.

Hubiese sido necesario algo más que un abrazo con su, al fin y al cabo, “compañero de armas” Espartero, al servicio de la causa liberal (lo primero, el dinero; la ley de la selva), para que tal denominación no le cuadrase bien.

Hay momentos en la vida en los que hay que poner toda la carne en el asador y tener el valor de correr el riesgo de aparecer a los ojos de propios y extraños como un traidor; más pronto, o más tarde, el tiempo pone a cada cual en su sitio: al final del proceso iniciado con una decisión y acción concreta. Pero no es el caso de Maroto.

Su decisión y acción concreta, la capitulación, no dejó en mejores condiciones de vida al conjunto (la mayoría social) de los navarros, de los vascos, de los castellanos, de los gallegos, de los andaluces, de los catalanes, valencianos y murcianos, de los asturianos y montañeses. Ni mejoró la realidad del conjunto (la mayoría social) de los españoles, ni la idealidad de las Españas (una determinada organización política y territorial del Estado distinta a la actual tan artificial e insatisfactoria y derivada de una Constitución  impuesta por una minoría (un golpe de Estado, diríamos hoy), y heredera de un dictador.

En su arenga de rendición, Maroto les dijo a los Voluntarios del Rey Don Carlos que “los hombres ni son de bronce ni como los camaleones”; pero también en esto se puede decir que les mintió porque él, al menos, se comportó como un camaleón, lo que no pudieron hacer los “Carlistas de alpargata”.

Por ceñirme sólo a Navarra, ese abrazo dejó una herida que aún supura; por algo será que no pasa día sin que en los Medios de Comunicación salga a relucir el dichoso “abrazo”, o su consecuencia, la “Ley paccionada”.

En esto nos parecemos a los mejicanos que no hay día que no nombren a Cortés. Entre nosotros, los hay que se remontan y se reúnen en torno a las heridas de Amaiur, o de Getze, pero tengo para mí que la que más atención y cuidado nos merece a los navarros, para evitar la gangrena, es la del “abrazo de Vergara” de 1839 que es la que cerró el camino a un estilo de vida propio, a la autonomía familiar y personal (individual, diríamos hoy), así como a la colectiva basada en unas características más o menos comunes y tácitamente aceptadas por la convivencia y la costumbre, y abiertos y dispuestos a la relación con otros grupos, con sus peculiaridades propias, mediante un pacto expreso, libre y entre iguales.

Y en esto seguimos empeñados los Carlistas actuales.

Jesús Mari Aragón.

 

 
 

© PARTIDO CARLISTA DE EUSKAL HERRIA -E.K.A. EUSKAL HERRIKO KARLISTA ALDERDIA