PSOE e Irak: no
tropezar en la misma piedra |
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Por Manuel Martorell . Periodista especializado en Oriente Medio En agosto de 1991 tuve ocasión de entrevistar a varios supervivientes del bombardeo químico de Halabja. Eran personas que habían regresado del mundo de los muertos cuando la Gernika de los kurdos fue atacada por la aviación iraquí en marzo de 1988. Entre ellos había quien, habiendo perdido a toda su familia por la inhalación de los gases letales, no había fallecido pese a permanecer inconsciente durante horas por el mismo motivo; otros daban detalles espeluznantes sobre las bombas que no hacían ruido y sustancias de olor agradable como a manzana, decían, que después les cortaba la respiración; uno recordaba que, mientras huía a la carrera, pudo ver cómo "las personas caían al suelo igual que las hojas de los árboles en otoño". Halabja quedó, en un solo día, sembrada con cerca de 5.000 cadáveres, muchos de ellos niños, cubiertos de un polvillo blanco y con hilillos de sangre que les salían de las fosas nasales. Halabja es sólo una de las 400 localidades afectadas en los años 80 por este tipo de ataques químicos, en los que se usaron bombas made in Spain. Eran parte del ingente armamento que el entonces Gobierno del PSOE vendió a Sadam Husein; yo mismo pude ver cañones arrebatados por la guerrilla kurda al Ejército iraquí que todavía conservaban la etiqueta de la Fábrica de Artillería de Sevilla con fecha de 1984 y pistolas Llama fabricadas en el País Vasco. Eran años en los que Sadam Husein pertenecía al eje del bien, las fragatas de EEUU escoltaban a sus petroleros en el Golfo Pérsico, sus aviones-rádar Awacs le facilitaban valiosa información militar, y países como Alemania, Francia y España convertían su sanguinaria dictadura en una potencia armamentística a costa de sacrificar a cientos de miles de sus ciudadanos en su borrachera bélica contra Irán. Para todo ello sólo había una razón: Sadam Husein era el paladín de Occidente frente a la amenaza del monstruo iraní. Después vino la Guerra del Golfo de 1991 y la impresionante y espontánea movilización de solidaridad con el pueblo kurdo, que huía por las montañas nevadas perseguido por la Guardia Republicana mientras las fuerzas de la Alianza Internacional permanecían con los brazos cruzados viendo aquel dantesco espectáculo. Millones de personas descubrieron entonces el drama del pueblo kurdo. Varios periodistas decidimos organizar una exposición itinerante para divulgar este problema internacional con objetos, fotografías y mapas traídos desde el Kurdistán iraquí. La muestra recorrió una docena de provincias antes de recalar en Madrid, donde fue acogida por el prestigioso Centro Cultural Galileo, dependiente del Ayuntamiento. Turquía, aliado de España en la OTAN, protestó ante el Gobierno del PSOE porque la exposición se refería a un país inexistente, y el Ministerio de Asuntos Exteriores solicitó al alcalde madrileño del PP que pusiera fin a tal exposición. Siguiendo estas instrucciones, el Ayuntamiento amenazó con enviar a la policía si los organizadores no retirábamos todo lo expuesto, entre muchas otras cosas, vestidos, pañuelos, utensilios domésticos, alpargatas, alfombras, juguetes, gorros y zurrones. Ante nuestra negativa, los mapas explicativos, entre ellos uno que detallaba el genocidio kurdo en Irak, fueron descolgados y ¡amontonados en un cuarto de las oficinas! Yo mismo tuve que regresar urgentemente de Pamplona a Madrid, sacar los mapas de aquella habitación y volverlos a colgar, amenazando a la dirección del centro con denunciar lo ocurrido a la prensa si volvían a ser descolgados. A nadie en el Ministerio de Exteriores se le ocurrió ponerse en contacto con los organizadores para saber si el contenido de aquella exposición se refería a Irak, Turquía o a otro país de los que dividen el Kurdistán. Simplemente, en ese momento, lo que interesaba eran salvar las buenas relaciones con un régimen militar condenado reiteradamente por la violación de los derechos humanos. Más grave fue el escándalo del Museo Nacional de Etnología, que presentó la misma exposición anunciándola con un gigantesco cartel sobre su hermosa fachada neoclásica, justo frente a la madrileña Estación de Atocha. Ese cartel llevaba la siguiente leyenda: "Kurdistán: una mirada a un país prohibido". Exteriores ordenó retirar aquella pancarta porque el Kurdistán "no existía", ¡y así se hizo utilizando una escalera de los bomberos! La conservo como muestra y monumento a la estupidez inquisitorial a las puertas del siglo XXI. Corría el año 1995 y la Fundación Olof Palme, con sede en Barcelona, organizó un congreso internacional para tratar el problema kurdo en toda su extensión; se invitó a especialistas nacionales y extranjeros, a partidos kurdos de varios países, a diplomáticos y organizaciones no gubernamentales. Muchos, como en mi caso, confirmamos inmediatamente nuestra asistencia, igual que lo hicieron las embajadas de Rusia y EEUU. De nuevo desde Exteriores, a cuyo frente estaba el socialista Javier Solana, se pidió que se suspendiera la convocatoria. Todavía tengo en mi poder la carta de la directora de la Fundación, igualmente dirigente del PSOE, notificándome la suspensión con la falsa, ridícula, insultante e infantil excusa de que había problemas de agenda, al mismo tiempo que se me emplazaba, junto a los demás participantes, a un futuro que nunca llegaría. Entonces el Gobierno de Felipe González tenía claro que, en su política en Oriente Medio, primaban los intereses políticos y estratégicos de España sobre los de los pueblos. Hoy el PSOE está de nuevo en el Gobierno, e Irak -y con Irak los pueblos que lo componen- sigue estando en el primer plano de la política exterior, con el agravante de que se está generando una gran confusión sobre lo que realmente está ocurriendo en este país. Por eso resulta, al menos sorprendente, que los responsables del PSOE en el Parlamento de Navarra se hayan negado a entrevistarse con el representante de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), un partido que está jugando un papel de primer orden en la actual crisis, durante su reciente visita a Pamplona. Pese a solicitarlo en varias ocasiones, ni siquiera se dignaron a responder. Se desaprovechaba así -se esté o no de acuerdo con el interlocutor- una excelente ocasión para obtener información de primera mano, algo clave para comprender la actual situación de Irak y poder tomar decisiones con más y mejor criterio, pero, sobre todo, para no cometer los mismos errores, para no tropezar en la misma piedra. |